miércoles, 7 de enero de 2009

VEINTE AÑOS DE POLÍTICAS DE IGUALDAD


El los años ochenta y noventa se implantaron varias políticas cuyo objetivo era la eliminación de la discriminación que sufría la mujer respecto al hombre. En la consecución de estas políticas tuvo un papel destacadísimo, fundamental, el movimiento que reivindicaba las desigualdades que padecía la mujer, el feminismo, que se hizo fuerte y se hizo escuchar.

Estas desigualdades tienen un origen social, y adoptan formas distintas según sea el sistema político. En el pensamiento popular se ha generalizado un cambio respecto a épocas anteriores, pues a día de hoy nadie piensa que estas diferencias entre hombre y mujer sean naturales, incuestionables, nadie cree que deban existir. Esto implica otro cambio, y es que el movimiento feminista ha ido adquiriendo progresivamente legitimidad, es decir que cada vez tiene mayor aceptación popular.

Las luchas por la igualdad entre sexos no son un fenómeno exclusivamente moderno o reciente, han existido en diversas ocasiones durante el transcurrir de los siglos. Estos movimientos, conocidos como movimientos feministas, tienen una vertiente práctica y de acción, como pueden ser las movilizaciones o las revueltas, pero tienen también un ámbito teórico, en el cual se han desarrollado teorías para intentar explicar el porqué de las desigualdades por razón de sexo, sus orígenes, posibles soluciones…

En esta línea, la teoría más destacada es la del patriarcado, que afirma que la discriminación e inferioridad que viven las mujeres es consecuencia de una articulación jerárquica entre sexos, que posiciona el sexo masculino en una posición dominante, de control. Todas las sociedades conocidas son patriarcales, aunque sus formas y mecanismos puedan variar entre ellas o con el paso del tiempo. Otro matiz importante que se desprende de la teoría es que el origen de las desigualdades entre sexos es social, en ningún caso natural o biológico.

Este estudio teórico sobre la situación de la mujer y su situación de inferioridad dio un importante paso adelante cuando se incorporó al ámbito académico, penetrando en universidades y centro de investigación. En muchos de ellos surgió la especialidad de Estudios de la Mujer, lo que demuestra la legitimidad que adquirió y el respeto y consideración con que fue tratada la materia. En este contexto se llevó a cabo una importante revisión de las teorías sociales, políticas y económicas existentes. Así surgió el concepto de Género, que establecía diferencias respecto al de sexo. El primer concepto se refiere a diferencias sociales, mientras que el segundo se refiere a diferencias en el ámbito biológico.

En este punto se llega a un concepto de vital importancia, el de Sistema de género. El patriarcado es una de sus variantes, aunque se tienden a confundir ambos conceptos. Este nuevo concepto, Sistema de género, causó gran impacto en las ciencias sociales, pues además de empezar a tomarse en cuenta la mujer, hasta el momento un sector “invisible” socialmente, también se empezó a comprender mejor la sociedad, y a redefinir el orden y el conflicto social. La importancia capital del nuevo concepto radica en que fue la teoría central para definir qué aspectos de la discriminación de la mujer debían ser eliminados, y cómo hacerlo.

Otro concepto clave es la división sexual del trabajo, esto es que desde siempre, mujeres y hombres realizan funciones diferentes, no por capacidad o incapacidad, sino por imposición social y cultural. Desde la infancia se nos educa para ver esta división de tareas como normal y natural. En este sentido, hay cuatro niveles que diferencian los dos géneros:

- Primero, las características biológicas que diferencian al hombre de la mujer;

- En segundo lugar, la identidad personal, es decir las convenciones sociales que marcan las diferencias de comportamiento entre hombre y mujer. Estas pueden ser muy marcadas o más permisivas en función de cada sociedad, pero siempre hay unos mínimos establecidos e incuestionables.

- El tercer nivel para diferenciar el género de las persones son los roles sociales: igual que toda sociedad impone pautas de comportamiento propias de hombres y mujeres también marca las funciones y tareas que competen a ambos. Por ejemplo, las actividades bélicas suelen ser mayoritariamente masculinas, y el cuidado de las personas acostumbra a ser femenino.

- El cuarto y último punto son los ámbitos sociales; pus en consecuencia de las pautas de comportamiento y los roles asignados a hombres y mujeres, también hay ámbitos sociales predominantemente masculinos (mundo laboral remunerado, política, economía) y otros femeninos (tareas domésticas).

Otro punto de gran importancia es la diferenciación entre ámbito público (entendido como la actividad política, económica, social) y el privado (el hogar). El público compete a los hombres, y el privado a las mujeres. En esta línea, una gran injusticia fue la de excluir del mundo laboral el trabajo doméstico de las mujeres. Esto se dio a causa de la condición de no remunerado del trabajo doméstico. Posteriormente se ha demostrado que es totalmente falso que la mujer no trabaje, pues las tareas domesticas conllevan mucho trabajo y responsabilidades aunque no sean compensadas con un sueldo.

Con la revolución industrial se desarrollaron grandes ciudades y centros urbanos, y esto terminó de marcar la diferenciación entre lo público y lo privado. El hombre pasaba todo el día fuera de casa, al contrario que la mujer; así pues, ya no compartían la vida cotidiana. Además, la mujer pasaba muchísimas horas sola, aislada en su casa, y las relaciones sociales que podía establecer con otras mujeres eran poco estables y sin continuidad. La situación se agravaba en el caso de las mujeres de clase trabajadora, si vivían en viviendas pequeñas y/o en mal estado.

En este contexto, los hombres se hacen portadores de responsabilidades, racionalidad, y las mujeres, de los sentimientos. El aporte de las mujeres al mundo público es invisible, sin embargo realizan una función fundamental: dan apoyo a los hombres que ven desgastada su integridad, capacidad, o su estado de ánimo por las tareas públicas. Las mujeres son, en conclusión, el elemento que mantiene estable la totalidad y evita que ésta se haga pedazos. La consecuencia de esta doble responsabilidad es que muchas mujeres padezcan de agotamiento, lo que colabora a formar un ambiente tenso y violento, como lo corroboran las altas tasas de violencia de género aún existentes.

En los últimos años se han conseguido avances, aunque la situación aún dista de ser equitativa. A partir de los años 60, las mujeres empezaron a incorporarse a la esfera pública, aunque manteniendo sus responsabilidades domésticas, lo que se llamó la doble presencia femenina. Hay que matizar esta incorporación, pues es parcial y condicionada: las mujeres siguen ausentes en algunos ámbitos, y ancladas a las responsabilidades domésticas, lo que impide una total inmersión al ámbito público. Además, en el mundo laboral a menudo viven discriminación traducida en salarios inferiores por realizar las mismas tareas que los hombres. Por otro lado, si bien muchas mujeres, especialmente las más jóvenes, ya forman parte del mundo laboral u ocupan cargos de responsabilidad política, no se puede afirmar en absoluto que sean todas las mujeres.

Para la correcta implantación y desarrollo de las políticas públicas a favor de la equidad, es necesario conocer las características de la desigualdad de género y como ésta afecta a la mujer. En este punto se llega a otro concepto destacado: es importante elaborar un diagnóstico previo a la actuación, que incluya una descripción del problema y de sus orígenes. Esto permite, posteriormente, comparar los nuevos datos con los del diagnóstico, y así evaluar la eficiencia de la actuación.

Pero para elaborar el diagnóstico que definirá la acción hay que tener claro en qué puntos se quiere actuar; y es que no todas las diferencias entre géneros implican desigualdad o discriminación. Cada ámbito es distinto y merece una atención, análisis posterior actuación especializada. En líneas generales, para elaborar un buen diagnóstico no se puede recurrir a la generalización o a obviar detalles, pues en una sociedad tan compleja como la actual cada caso presente variantes y matices distintos, propios de la zona geográfica, tendencias culturales, etc. Evidentemente, los diagnósticos tienen que ir acompañados de evaluaciones posteriores a la acción, para medir el éxito de las políticas. Tanto en los diagnósticos como en las evaluaciones es conveniente combinar datos cualitativos con otros cuantitativos, entre los cuales son importantes las estadísticas. Éstas tienen gran utilidad, pero hay una dificultad en su obtención: algunas encuestas y censos incluían ciertos estereotipos sexuales que podían afectar la exactitud de los datos obtenidos. Por ejemplo, durante mucho tiempo el trabajo doméstico se ha ignorado, sólo recientemente se han iniciado estudios teniéndolo en cuenta, lo que provoca una importante falta de datos al respecto.

La ya citada separación entre el ámbito público tiene mucha antigüedad. Aunque pueda haberse ido adaptando a los tiempos, aquellos que han visto reducida su actividad al ámbito privado (antiguamente mujeres y esclavos, posteriormente las amas de casa) nunca han tenido voz para expresarse en asuntos públicos, a pesar de realizar una tarea fundamental para la sociedad. Otro ejemplo de discriminación en la historia lo encontramos cuando, con la ruptura de las monarquías absolutas, nace el concepto de ciudadano. Pues en sus inicios, este concepto no fue universal, y quedaron excluidos de él los hombres sin propiedad y, como siempre, las mujeres. Fue en el siglo XIX cuando los obreros lograron ser reconocidos como ciudadanos, conquista que las mujeres lograron en el siglo XX.

Prosiguiendo esta reseña histórica encontramos otro concepto clave que cambia la situación: se trata del Estado del Bienestar, cuya mayor novedad fue aproximar mínimamente los ámbitos público y privado. Y es que la mayoría de servicios que ofrece el Estado del bienestar se destinan precisamente a las familias. Por lo tanto, se trata de un mecanismo público actuando plenamente sobre uno privado. Aún así, hay que apuntar que estos derechos de tipo social se tienen en menor consideración que los políticos, se les otorga un estatus inferior. Además, a pesar de la aproximación entre ámbito público y privado, no se han redefinido las bases de la ciudadanía. No se ha creado un nuevo discurso u otra nueva concepción de la política que motive a los ciudadanos.

A pesar de ser muy inferior a la de los hombres, la aportación política de las mujeres también ha existido, lo cual tiene mérito teniendo en cuenta que: ellas deben ocuparse de las tareas domésticas, lo cual les impide dedicarse exclusivamente a la política como los hombres; que ellas tienen menor tendencia a asumir actitudes competitivas (porque eso es lo que les pide la sociedad: amabilidad, paciencia…), y que la política está pensada y estructurada para ser mayoritariamente masculina. Además, el sexo femenino ha topado con la oposición de ciertos varones, sobretodo mayores, que piensan que no están preparadas. En este sentido, las nuevas generaciones de mujeres tienen el camino más fácil porque cuentan con mayor legitimidad y respeto para realizar su carrera política.

Otro punto que seguro no supone en absoluto un aliciente para las mujeres es que los partidos y organizaciones no se han mostrado muy implicados con los intereses femeninos ni han puesto como punto a tratar en su agenda la discriminación a la mujer. Así es difícil animar a las mujeres a tomar parte en la política, porque pueden sentirse poco representadas con los asuntos que se tratan.

Cabe destacar otras vías de hacer política, tal vez menos convencionales, en las que las mujeres tienen un papel destacado. Por ejemplo, en las luchas sociales y las movilizaciones políticas esporádicas como pueden ser las revoluciones que se han dado a lo largo de la historia. Otras vías pueden ser las organizaciones de distintos tipos: las de solidaridad y cooperación (como las ONG), las de consumidores, las vecinales y las que se dedican al ocio y la cultura. La conclusión a que se llega tratando este tema es que la poca participación que históricamente han tenido las mujeres en la política no se debe a falta de capacidad, iniciativa o creatividad, sino a la dimensión de género, marcadamente masculina, que ha adoptado la política.

Si se hace un rápido repaso histórico se puede comprender el enorme mérito que han tenido las luchas feministas, topando a veces con oposición y represalias durísimas, y también con falta de apoyo popular total. Con el tiempo se ha revertido esta situación, hasta el punto en que muchas antiguas reivindicaciones feministas hoy se han conseguido y nadie las pone en duda. Otro aspecto a tener en cuenta es que los logros del feminismo no han hecho bien tan solo a la mujer, sino a la sociedad en general: se ha conseguido una profundización de los principios democráticos, que ha contribuido a una mayor estabilidad y coherencia de las democracias.

En esta línea sigue trabajando el movimiento feminista en la actualidad, aunque con demandas ciertamente complejas profundas, como cambiar radicalmente, de raíz, la relación entre hombres y mujeres. También se trabaja por un replanteamiento de la política y un aumento de su radio de acción, para que este abarque también el ámbito privado. El feminismo se puede describir como un movimiento principalmente político (aunque también ha hecho aportes destacados al ámbito cultural), que ha basado prácticamente siempre sus actuaciones y reivindicaciones en criterios democráticos.

Centremos la vista en el feminismo actual. A diferencia de antiguamente, en que la ideología en que se suportaba era el liberalismo, actualmente se rige más por los principios del socialismo. Pero esto debe ser matizado porque no se pueden relacionar directamente ambas doctrinas. Y es que el feminismo, al ver que ninguna ideología de izquierdas proponía un análisis de la opresión de la mujer, y también al comprobar que no había buena relación con ningún partido de izquierdas, se planteó la necesidad de tener autonomía plena respeto a cualquier grupo político.

Así, la autonomía organizativa y política se convirtió en un principio fundamental del feminismo.Otra característica es que, dada la situación de opresión e inferioridad que vivían las mujeres, que precisamente reivindicaban que esto acabara, no quisieron reproducir el reparto desigual de poder dentro de sus organizaciones, y por eso rompieron también con los tradicionales modelos jerárquicos de repartición del poder: en lugar de grandes organizaciones, el movimiento feminista propuso estructurarse en pequeños grupos de autoconciencia, con los que se pretendía elaborar material teórico a partir de lo que las mujeres sentían; esto es que la teoría surgiera de la propia experiencia. Mediante esta forma de organización, muchas mujeres descubrieron que sus problemas, que creían individuales, eran compartidos con muchísimas otras mujeres que se encontraban en su misma situación.

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